El derrumbe del edificio en construcción, que debía convertirse en un hotel, ubicado sobre la calle Capitán Molas y avenida Japón, en el barrio San Roque de Encarnación, a tres cuadras de la Costanera, no solo impactó a los vecinos de la zona, sino que golpeó directamente a una familia que perdió en una sola noche a dos de sus integrantes.

Las fallecidas fueron identificadas como Hermelinda Báez, de 55 años, y su nieta, Montserrat Brítez, una adolescente de 15 años, ambas oriundas de la zona de Capitán Miranda. Elllas se dedicaban a la venta de remedios yuyos y minutas en un improvisado puesto ubicado sobre la avenida Japón, a escasos metros de donde se encontraba la edificación.

Ambas, en varias ocasiones, debido a la lejanía de su hogar y el gasto que implica el traslado, se quedaban en los alrededores de su puesto de trabajo a pasar la noche para continuar su habitual rutina laboral al día siguiente. En la noche del miércoles, las malas condiciones del clima llevaron a que decidieran pedirle al cuidador del edificio en construcción, Roberto Montiel, un espacio para pasar la noche.

Según la declaración del hombre, tanto la abuela como la nieta eran sus conocidas, ya que siempre compraba alimentos y remedios del puesto, por lo que, le preparó una de las habitaciones utilizadas como depósito y salió a realizar su ronda de control, sin saber que sería la última vez que las vería con vida.

Los familiares de las fallecidas aseguraron que hasta minutos antes del derrumbe se encontraban en comunicación, porque doña Hermelinda les comentó que lograron conseguir donde pasar la noche y resguardarse del mal clima, por lo que, al conocerse la noticia del derrumbe, supieron casi inmediatamente que ambas fueron víctimas del infortunio.

“Doña Hermelinda era mi amiga, una persona alegre y trabajadora, al igual que su nieta; siempre estaban juntas y se ayudaban para la venta de sus productos. Siempre hablábamos sobre el hecho de que vivían muy lejos y que a veces les costaba regresar a su casa; por eso no puedo creer lo que les pasó. Ellas se quedaban cerca de acá solo para seguir trabajando”, comentó doña Dominga, compañera de puesto de la fallecida, en conversación con la 1020 AM.

La mujer, en medio de lágrimas, recordó que casi todos los días conversaban con la mujer fallecida, al punto que se volvieron muy buenas amigas y se hacían favores de manera regular, ya que en algunas ocasiones doña Dominga le entregaba productos para realizar sus minutas a Hermelinda y le extendía los pagos para que pudiera trabajar.

“A veces me pedía que le venda mi maíz, pero me decía bien que no tenía aún para pagarme; igual le traía porque era mi amiga y todo el tiempo hablábamos. Después de un rato, ya preparaba sus comidas y luego ya me pagaba. Yo le admiraba demasiado porque era muy trabajadora y le cuidaba mucho a su nieta, que era una chica muy alegre como ella”, remarcó doña Dominga.

La muerte de la abuela y la nieta abrió en la sociedad en general interrogantes respecto a la seguridad de los edificios en construcción y el terrible desenlace que se puede dar cuando no se cumplen con las especificaciones pautadas para los trabajos, ya que, como el mismo cuidador del edificio admitió, fue un milagro que él también no resultara víctima del derrumbe.

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